No todo iba a ser bueno. Mi estancia en el país que más ha crecido últimamente de la Unión Europea estuvo pasada por agua y hospital. De hecho, y para joder más, la hospitalización llegó a la vez que el sol. Pero mi optimismo incansable me lleva a buscar el bright side of life, que en este caso se materializa en un profundo amor por la seguridá sosiá.
Los españoles nos quejamos ininterrumpidamente de nuestro sistema sanitario. Que si listas de espera, habitaciones compartidas, poca atención al paciente... Para solventar esta queja global, propongo un viajecito a un hospital irlandés.
Siempre protesto acerca del olor de los hospitales. Se trata de un olor singular que penetra por los poros de tu piel y te acompaña allí adonde vas desafiando duchas, baños y estregones. Sin embargo, es el olor de lo estéril, lo higiénico y lo desinfectado y el problema viene cuando un hospital no huele a hospital. Por no mencionar habitaciones de cuatro enfermos, un baño con telarañas (para muestra, un botón) para todo el pasillo (podría haber unos 30 niños), cristales que hace tiempo que no ven el cristasol, ventanas con cinta aislante...
Cuando entré por primera vez al único hospital infantil de Irlanda, lo hice acompañada de un irlandés. No articulé palabra en un principio pero mi cara me delató y pronto se dio cuenta de que algo pasaba. Él me pasó el brazo por el hombro.
-Sí. Lo sé. Este lugar es muy triste.
-Esto es peor que triste.
-Yo también lo paso mal al ver tantos niños enfermos.
He de admitir que en ese momento todavía no había pensado en las situaciones particulares de los chavales. Estaba privada, sin embargo, por lo tercermundista del lugar.
Por ello y por otros detalles que estoy intentado olvidar, os pido desde aquí que, si me ha de suceder algo en ese país, por favor me traigáis a España o me tiréis a los tiburones. Gracias por vuestra colaboración.
1 comentario:
y yo haciendo pirolas de mis practicas....
hasta q no salimos y vemos lo que hay por ahi no valoramos lo q tenemos...
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