
Hablaba el Rey León sobre el ciclo de la vida. Pero la vida no es un ciclo sino muchos. La vida es una sucesión de ciclos de diferentes duraciones que se superponen unos a otros. Hay ciclos que puedes comenzar y cerrar cuando tú quieres; otros aparecen y desaparecen a su antojo. El éxito radica en comprender esta metáfora, saber identificar la naturaleza de cada ciclo y aceptarlos con naturalidad.
Ahora bien, no es nada fácil. Hay veces que te aferras a uno y te niegas a que acabe. Intentas alargarlo con todas tus fuerzas y, como ocurre con las series que tienen éxito la primera temporada, acaba salíendote el tiro por la culata. Cada ciclo tiene una duración y tenemos que aprender a pasar página. Pero los recuerdos, las emociones y el corazón, que tantas malas pasadas nos juega, se nos apoderan (a unos con más frecuencia que a otros). No conviene, por contra, olvidar los ciclos cerrados, ya que no somos otra cosa que la suma de todos ellos. Es sensato conocer qué somos y de dónde venimos para poder comprendernos mejor y crecer como personas.
Las personas que nos rodean también están influidas por estos ciclos. A unos, los perdemos o los ganamos en función del momento; otros forman parte de ciclos más largos. Y también existen los ciclos intermitentes, que creías cerrados pero se reabren de repente. Sin darnos cuenta, nosotros también formamos parte de los ciclos de otros, quizá de más de los que pensamos en un principio.
Hay ciclos que se cortan por fuerza mayor, sin ninguna clase de aviso. Y nos cuesta aceptarlo. Se van al garete planes y tu vida da un giro completo en menos de un segundo. Unas veces para bien y otras para mal. Y es que somos más vulnerables de lo que creemos. Pensamos que podemos controlarlo todo, ¡qué ilusos!
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